Trayecto

Una nueva colaboración.Gracias nuevamente.

Si se encuentra atrapado en el tráfico, cierre usted los ojos, e intente hacer un pequeño viaje mágico en su mente. Imagine, pues, que en realidad está en otro lado-el que a usted más le plazca-, que la ciudad no se ve: -como dirían los limeños- huachafa, que su recargado de luces es más bien una discoteca en la que usted mismo se encarga de poner la música, al estilo que desee; y a pesar de que no pueda bailar, porque además debo de recordarle que usted no es un buen bailarín, usted está sobre una gran pista de baile en la que todo su cuerpo estalla de adrenalina.Pasado los 3 minutos, usted mismo verá la diferencia, se encontrará más calmado que los otros a su alrededor, sino abra un ojo y fíjese, las muecas de las señoras, el aburrimiento de los niños, los bostezos de los jóvenes, las líneas casi uniendo las dos cejas de los hombres. Luego cierre ese mismo ojo y abra el otro, – izquierdo o derecho- asómese por la ventana, podrá leer las lisuras : ”¡Carajo!” , ”Puta madre”, ”Cabrón”, ”Concha tu m….” en los labios de las personas. No será bonito, lo encontrará de inmediato despreciable, pero usted está con la música y en la pista de baile, así que no le influye, escucha también usted las bocinas de los autos, pero increíblemente estas logran un sonido armónico, evidentemente usted está en Marte, no está en Lima, en ninguna parte del Perú, ni mucho menos en un tráfico de la avenida Abancay, Wilson, Arequipa, Javier Prado o Faucett. Y todo gracias a que usted ha cerrado los ojos y ha imaginado…

P.D. Me permitiré poner esta canción para que el relato tenga acompañamiento musical:

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Ella

Otra vez aquella canción. Una de las tantas que alguna vez utilizaron para decirle: “Escúchela, fue hecha para usted”. Y es que su belleza provocaba galantería y caballerosidad. Nunca nadie le faltó el respeto, nunca nadie intento propasarse, nunca nadie trato de ofenderle.

Sus caderas se contorneaban lentamente por la acera de aquella conocida y concurrida avenida. Las miradas, como imanes, eran atraídas hacia su hermosura. No provocaba un piropo, sino más bien, daban ganas de perennizar tan magna criatura en una pintura. 

Exagerado podrán decir, pero las palabras de un pintor no son exageradas, son exactas. Principalmente, si se tratan de un pintor aferrado a la exactitud en sus obras. Así soy yo, perfeccionista, amante de la viva copia del original, fiel admirador de doña Dolores, la deidad más perfecta que cayó, siempre digo que fue por mí, en la Tierra putrefacta.

Amo sus ojos separados a la distancia precisa. Me encanta su nariz gloriosamente ubicada en el centro de su rostro. Caigo rendido frente a sus labios rojos que la naturaleza le otorgó para besarme la mente con puras ideas sobre su desnudo cuerpo. 

El pensamiento morboso se escandalizará y creerá que soy de aquellos pintores, sin oficio ni beneficio, que se aprovecharían de la inocencia de doña Dolores para convencerla de que si se desnuda frente a ellos sería la mujer más poderosa del mundo. No lo haré, no quiero verla desnuda, solo la imaginaré.

Imaginaré sus curvas, sus trazos, sus finos pliegues, todo lo crearé. Porque este amor por doña Dolores es único, es párvulo, es genuino. Nadie la ama como yo y por eso yo la pinto. Pinto su rostro, pinto sus manos, pinto sus pies, porque todo en ella es color carmesí para mi alma.

Una caricia de sus finas manos y moriré con una sonrisa de lienzo. Hoy, por primera vez, le hablaré. Llevaré mis cuadros, se los explicaré uno a uno y cuando note mi pasión por su figura caerá rendida a mis pies, tocará cada parte de mi ser con su corazón y me transmitirá su emoción por mi talento. 

Quiero que me abrace con esos brazos alineados exquisitamente a su cuerpo. Me amará y yo la amaré sobre sábanas blancas que se teñirán de hermosas paletas de colores. Mis cuadros son pesados, pero nada impedirá que la vea desvivirse por cada pintura de sí misma.

Ya estoy cerca, se que aceptará mi amor y lo guardará entre sus senos abultados. Toco la puerta, me mira extrañada y puedo deducir que se pregunta qué hace el pintor de la avenida con el rostro desencajado y a punto de devorarme. Doña Dolores, usted tan sabia, no se equivoca en sus conjeturas. Muero por devorarla con la mirada y dejar de imaginar su cuerpo frente a mí. Quiero verla, sentada en su mueble azul, tejiendo aquellas chompas para sus cachorros que tanto cuida.

Coloco mis lienzos a sus pies, con una sonrisa me muestra su gratitud. Intenta levantarlos, yo me apresuro a ayudarla. “Pase”, me susurra al oído, cierra la puerta tras de mí. Mis piernas tiemblan, mis manos sudan, mi cabello parece revolverse extasiado. 

Usted se sienta, fina como ninguna, me invita a sentarme junto a usted. No me pregunta por qué pinté a una diosa en mis cuadros, solo me mira con la sonrisa agradecida y provocadora. Doña Dolores, por qué se sienta en mis piernas y me besa el rostro casi como si fuéramos íntimos.

Me fascina su calor, me encanta sentirla cerca de mí. Cierro mis ojos, todo ocurre.  

Diálogo

–       Aún conservas esa mirada con la que te conocí.

–       ¿Tú crees? ¿No ha cruzado por tu mente que todos cambiamos alguna vez en nuestras vidas?

–       Quizás, pero solo queda acostumbrarme.

–        ¿Acostumbrarte? Y si eso fuera difícil, por no decir imposible. O, incluso peligroso. ¿Correrías el riesgo?

–       ¿Por qué no? ¿Estás tratando de insinuar algo? ¿Por eso has desaparecido tanto tiempo de aquí?

–       ¿Yo? ¿Por qué no pensar que fuiste tú quien te alejaste y yo te estuve buscando? Aunque debo confesar que en parte si me separe un poco. La distancia a veces es buena. ¿No?

–       A veces.

–       ¿No te emociona este reencuentro? ¿No quieres saber qué he hecho en este tiempo?

–       Ya tendremos oportunidad de conversar más tranquilos. Creo que es hora de regresar a mi habitación y descansar un poco. El trabajo me deja casi sin respiración. Me consume.

–       Vamos, no seas tan trágico. A quién no le gustaría que le paguen por hacer lo que más le gusta a uno.

–       Pero dime, ¿qué sucede cuándo esa actividad carece de nuevas ideas para lograr ser más creativo? ¿a qué o quién recurro?

–       ¿Por qué no a la propia experiencia? ¿Ya lo has intentado? Te planteo un ejemplo: un personaje está a punto de perder su trabajo como editor en una revista literaria, no sabe qué hacer y el dinero está por agotarse. ¿Me sigues?

–       Sí, sí. Continúa.

–       Entonces decide crear un personaje basado en sí mismo, y escribir a partir de éste. Aunque esto signifique que su personalidad también mute. Interesante, ¿no?

–       Claro, me gusta la idea.

–       Así transcurrirá su nueva vida y su otro yo, por así decirlo, lo consumirá y llevará una vida de excesos. Tanto así que se vuelve en un ser irreconocible. Es allí que no sabe qué hacer. A ver, ¿cómo terminarías la historia?

–       Se me ocurre que ese mismo personaje se encuentra a punto de terminar todo. Nota, quizás a través de un elemento como su espejo, que la ficción  se ha tornado en una oscura realidad. Pero es muy tarde, el individuo desapareció y también él.

– Como sucederá con nosotros, ¿ no crees?

– Sí.

Ripios

La pasividad de la ciudad marca el inicio de tu jornada. Los pasadizos estrechos aun lucen vacíos y sin los variopintos personajes que te serán de compañía durante el día. Casi siempre soy el primero en subir, pero pareces no reparar en ello. O no te interesa. Ni el tímido saludo que intento brindarte, produce un cambio en tu rostro seco y cansado. Solo obtengo como respuesta un ligero movimiento de cabeza, como si afirmaras alguna pregunta realizada.  Es entonces que atino a observar cada detalle que repites a diario. Es entonces, también, que los pasadizos ya no lucen vacíos  y aparecen aquellos rostros que ya me son familiares. Grupos de personas que se dirigen a su trabajo, estudiantes, madres, ancianos. Es como si la sociedad se pusiera de acuerdo para viajar junta. Entre tu apatía por reconocer a los sujetos, observo cierta fijación de tu mirada sobre aquella muchacha diminuta con el cabello recogido. Le indicas con voz cortés que hay un lugar vacío en donde puede reposar durante su trayecto. Te agradece y se ubica para luego colocarse sus audífonos y alejarse de la realidad. Un suspiro te delata, pero ella no lo nota. La resignación te invade y pierdes la noción de todo. Un escenario paralelo se forma en tu frágil e inocente pensamiento: estás junto a ella y su cariño parece tan real que no oyes – y olvidas-  la voz del resto. El sonido del claxon te trae de vuelta y la rutina sigue su curso. Ella está a punto de llegar a su destino y no hay más opción que dejarla ir. Mañana – piensas- será el día indicado. Retomas esa pose que te caracteriza y tu aspecto parece haber mutado luego de que tu musa se retirara. Diriges tu mano al bolsillo de tu camisa gastada y retiras algunas monedas. Las sostienes y agitas para que te presten atención. Al mismo tiempo, te paseas por el estrecho  e incómodo pasadizo y pronuncias con esa voz ronca la frase que marcará el rumbo de la marcha: ¡Pasajes, pasajes!

Aparición

Este relato se suma a una serie de colaboraciones que he recibido en este espacio. Solo queda agradecer por el aporte…¡GRACIAS!

Apareciste como cómplice de mi soledad, un no misterio sabido por todo el mundo.

Apareciste con ese nombre, algo imprevisible desde mi sueños en los cuales  la fotografía de tu ser nunca fue tan clara.

Apareciste y  aún sin saber quien eras estaba segura de añadir movimiento a mi vida, decidimos hacer una película.

Apareciste entre el azúcar que de sobresalto tomó mi boca, mi espalda. Quiero pedir que me hagas el postre más dulce.

Apareciste verde como me gusta, con esos ojos suaves que miran de manera incierta el atardecer en mis piernas, todo el morado de mi cuerpo.

Apareciste y quise dejar a un lado mi peluca, al notar que admirabas cada uno de mis cabellos.

Apareciste y ya te quería abrazar, pero mis manos temblaban. Yo quería devorarte.

Apareciste y me dejaste sin energía, sin aliento. Me desvanecí en siete horas, en una eterna larga espera, en la que estuvimos hambrientos de nada, y yo te contaba mis aventuras y tu masticabas cada exageración sin preocupación alguna.

Apareciste y ya no sé si era amor o era envidia lo que sentías, porque te diste cuenta que yo buscaba algo más que una conversación por radio.

Apareciste y al rato ya te ibas, entrabas al mar como quien dobla una esquina, yo solo te observaba regresar a tu hogar. Entendí que eras hermano de las sirenas.

Guitarra

¿Qué puede saber una niña de 13 años sobre el amor? La  verdad, nada. Y es en este momento que entiendo por qué muchas cosas se arruinan a esta edad.

La sala era grande, muchos niños conversaban como si el mundo se fuera a acabar y el ruido era tal, que los pensamientos desaparecían entre el bullicio.

¡Ay!, esas criaturas que encierran tantos misterios aun no descubiertos. Me asusta pensar que un día fui ese monstruo de colitas sujetas con cintas y vestidos de blonda.

Una inspección veloz me permitió sacar una conclusión definitiva: integrarme no sería fácil. ¿Cómo podía serlo cuando me sentía la personita más tímida del mundo, el universo, la galaxia? Siempre fui, soy y seré algo ridícula, nerviosa y desesperada cuando conozco por primera vez a alguien.

Entonces, y como salido de algún comic mal hecho, apareció él. Distinto al clásico jovenzuelo, de vestuario peculiar y un accesorio único, me endulzó sin quererlo. Unas palabras que no recuerdo, acompañadas de amables ademanes me hicieron sentir especial.

No sé cuánto tardó. Quizás un día, una semana, un mes, solo recuerdo que tras ello nos convertimos en grandes amigos. Su cariño fue incondicional y sus abrazos los más cálidos. 

A pesar de aquella fuerte amistad que construimos, el tiempo se encargó de borrarlo todo. Nos distanciamos por razones que hoy no tengo claras, pero como si una fuerza extraña nos quisiera juntos, nos unió nuevamente sin mostrar el por qué.

Después de algunos años nos reunimos en el mismo lugar. Ya distintos, con aspiraciones y sueños cambiados, nuestras miradas se cruzaron deteniendo el tiempo, aquel que un día intentó desaparecernos por completo.

En ese momento, donde la inocencia no deja ver más allá de las narices, empecé a ocupar un lugar distinto en los pensamientos de él. Su calor ya no transmitía cariño, sino un sincero amor. ¿Cómo no pude notarlo cuando atento como ninguno se convirtió en mi única compañía?

Creo que las cosas estaban enredadas en un oleaje de sentimientos de niños (bueno, no tan niños), aquellos que no se pueden tomar enserio. Confundido, creo yo, un inocente amor fue confesado y, despiadadamente, rechazado.

Las intenciones jamás fueron malas. Lastimar, herir o arruinar nunca estuvo en mis planes. No podía decir que sí, si mi mente me decía no. ¿La mente? La verdad el amor se siente, no se piensa y yo cometí un error: pensé.

Hoy lo veo pasar por mi puerta y me encanta saber que sigue siendo aquel niño, tierno y único, que conocí años atrás. Sé que me quiere, quizá no como antes, pero aun así me siento importante para él.

Llega, nos damos un abrazo infinito y nos sentamos al pie de la puerta. Una guitarra, compañera de penas,  entona canciones que nos recuerda lo que hacemos en calles que son nuestras confidentes. Calles que guardan celosamente secretos que no pueden ser dichos jamás.

Ahora, con una relación extraña, me alegra haber conocido a mi guitarra en el corazón.

Duelo

Mi robusto y oscuro cuerpo yace sobre el suelo. Golpeado. Castigado. Inerte. Y pensar que hace menos de cinco minutos, todo era una fiesta. Un jolgorio. No quería lastimarte – creo que ni lo conseguí – solo atinaba a defenderme. El bullicio me alteraba y tu vestir resultaba incómodo para mi vista. Aunque seguro no pensaste en ello. Solo te importaba el  reconocimiento de los demás. Sus alaridos te excitaban. Te creías superior. Un dios.

Una sonrisa malévola completaba tu organismo. Al principio, querías burlarte y ni siquiera te movías. Poco a poco, no quedó más opción que dirigirme hacia ti. Pero para ese entonces, mis ojos ya se encontraban lastimados – tu grupo había rociado alguna sustancia que me produjo un gran ardor –  y me imposibilitaban observar por dónde te habías arrinconado. Igual, divisé al otro extremo del terreno tu pequeña y perversa figura. No entendía que había hecho, ni por qué me mirabas con tanto odio. ¿No tuviste un mínimo de compasión? ¿Sí? ¿Ni un poco?

El alarido de los asistentes te apresuró y, detrás de aquel manto rojo, dejaste ver el arma que perforaría mi interior. Mi lomo. Mi vida. La última embestida no intentaba lesionarte, solo tenía como fin el que me vieras y perdonaras. Pero ya era muy tarde. Las palmas y loas de la plaza se dirigían a ti. Yo, por mi parte, un significante animal  tenía un fin elegido por ustedes: la muerte.

Susurro

No te aferres’, le susurraron mientras se alejaba de la multitud. No lo comprendía. ¿Aferrarse?, piensa que la palabra no es la correcta. Ella no se aferra, ella quiere demasiado. Tanto que podría explotar de amor.

Su corazón tiene la necesidad de abrazar las sobras de los demás. Lo que sea estará bien si se trata de no estar sola. Realmente ella no ama, ella odia. Odia la soledad, la aborrece y maldice de vez en cuando. Exige explicaciones a quienes no debe. Lucha cada día consigo misma. Es un conglomerado de sentimientos que se asesinan lentamente. Ella no respira oxígeno, respira gente.

¿Es posible estar rodeado de algunas almas y aun así sentirse vacío? No lo sé. No me importa lo que ella piense, siempre le digo que no ame. Ella no escucha. Le gustan los cuentos de hadas y los finales felices, pero no los conoce.

¿El nombre de sus voces? No le interesan. María, Carla, Juan, Pedro, Sofía, títulos efímeros, el rostro es lo de menos. Lo más importante es que, sea quien sea, llene el espacio hondo y negro de su corazón. Siempre le digo que no ame. Ella no escucha.

Los que pasen por su lado, deben escapar. No la miren, no le presten atención, no la quieran porque ella sabe como amar. Ama obsesivamente que no puede dormir. Vendería su alma si a cambio de ello consigue una llamada, un ‘te quiero’, un abrazo. Ella se lastima por sentirse amada. ¿Contradictorio? No, rídiculo. Odia a la gente, pero la necesita. Le he dicho que no ame. Ella no escucha.

Piensa que los sentimientos son recursos inagotables. Que durarán para siempre en un cofre de oro. Piensa que la vida no se hizo para escuchar frases como ‘los amigos no existen’ o ‘ignora todo y sigue’. Piensa que la amistad es el tesoro más preciado de la vida. Siempre le fallan, pero no escarmienta.

Le he dicho que no ame. Ella no escucha. No escucha porque siempre odió la verdad. Inclusive yo la señalo como inmadura. Ella llora en mi regazo y me pide protección. Soy mala y la envío al mundo, así, frágil.

Mutilada vuelve cada vez a rogar mi asilo. Soy mala y la regreso por donde vino. La odio por ser tan débil. La odio porque no se da cuenta que en la vida la soledad es, tal vez, una virtud. La odio porque no actúa sola, porque siempre necesita ser una sombra. La odio porque siempre pregunta ¿dónde estabas tú?

Le he dicho que no ame. Ella no escucha.

Lentes

It’s always hard in the morning,
and i suppose that’s the price you pay

 

No pretendía que respondieras, pero lo hiciste. No pretendía incluso escribirte, pero lo hice. ¿Casualidad? Quizás. ¿Suerte? La mía, en parte. A veces reflexiono en el modo en que te conocí. No tenía con quien ir a aquella feria de arte y no se me ocurrió mejor idea que escribir en la red que me encontraba sin un acompañante. Un simple y corto mensaje virtual. Efectivo. Unas horas después de enviado, respondiste y fue el primer acercamiento. Pasaron algunos días – un par creo- para verte en vivo. Acordamos encontrarnos en ese centro comercial absorbido por las tiendas lujosas de ropa estrafalaria, aunque solo sería una breve parada. Allí estabas, me reconociste. Me hice el desentendido, tal vez por los ligeros nervios  que recorrían mi delgado cuerpo. Un cuerpo frágil y estático por algunos segundos. Tú ni lo notaste. Me saludaste y solo atiné a decir: “¿Vamos?”.

            Caminamos torpemente. La timidez ahora se reflejaba y trasladaba a tu lento andar. Por fin pude contemplar tu menudo organismo. Unos grandes lentes de montura negra decoraban tus ojos algo rasgados, similares a los de algún trazo de dibujo oriental. Tu vestir lo completaba una suerte de camisón azul con unos clásicos jeans. Tus pequeños pies, por su parte, estaban envueltos en unas gastadas zapatillas negras – o un color oscuro que no supe diferenciar – que poseían algunas fisuras sobre la tela que las formaba. Llegamos al paradero y el vehículo demoró en pasar. El silencio se atenuaba y las palabras no podían –o querían-  salir de ninguno de nosotros dos. Así, subimos y nos colocamos en asientos alejados del viejo ómnibus. Esperamos llegar al paradero de la bulliciosa avenida transitada, esa que nos conduciría a la cada vez más olvidada feria. Aun no logró entender cómo el tiempo voló tan rápido. No recuerdo la entrada, salida, ni nada del evento. Solo que nuestras personalidades mutaron de un modo que todavía me atemoriza. Vienen a mi mente los momentos producidos bajo esas sábanas blancas. La pasamos bien, creo. Pero no era solo eso lo que me recordaba a ti, aparte de tu aliento fresco y suave cuerpo, sino la transformación que se producía tras despojarte de tus lentes. Como tú misma comentabas, te sentías y eras otra: más extrovertida, más libre, más puta. Una descripción algo agresiva pero que no te gustaba que la corrija. Para ello me callabas con un ósculo intenso. Me dominaste por horas hasta que mi débil cuerpo se agotó en un rincón de la cama. Grave error.

            La intensa rutina que juntaba nuestros cuerpos se repitió por un par de semanas más, hasta que olvidaste sobre mis sábanas ese objeto que cobijaba tus ojos y te dividía en dos. Quise darte el alcance y devolvértelos  pero fue muy tarde, ya te habías marchado. Decidí probar suerte e ir al lugar donde nos encontramos por primera vez. Al llegar a la esquina solté los grandes lentes de montura negra, ni siquiera percibí quien era la otra persona. Me diste la espalda como si fuera un desconocido. Solo tuve tiempo de observar por última vez el objeto que ahora cubría tus delicados ojos, para luego alejarme al ver cómo subían al mismo ómnibus  que los llevaría, tal vez, a una nueva feria.

Suerte

La vida te da y te quita. Y tú has quitado más de lo que has dado. Desde pequeño, en el barrio de los ‘bravos’, aprendiste todas las mañas y las pendejadas de la collera. Más tarde, cualquier desprevenido sería presa fácil de tu habilidad para el cogote y la rapidez de tus manos. Unas manos, dedos y uñas que se tornaron cada vez más sucios por la maldad que crecía con los años. En tu adolescencia, cambiaste los libros escolares por el punzante cuchillo con el que amenazabas a los transeúntes que se cruzaban en tu camino de regreso a casa. La voz ya te había cambiado y podías simular ser un personaje mayor. Los gritos y las mentadas de madre, se convirtieron en el acompañante perfecto de tus armas. Parecía no preocuparte nada a tu alrededor pero bastaba que oyeras a lo lejos las sirenas de la ‘tombería’, para echar a correr como un ratón cuando tiene a un felino cerca. Siempre te librabas por un pelo. La fortuna te sonreía  y no terminabas tras los barrotes de la comisaría. Tu pandilla te admiraba por ello, mientras que tu familia – o lo que quedaba de ella – agradecía a la imagen de Cristo que decoraba la sala de tu casa. Solo deseaban verte lejos de ese mundo. Siempre te ‘hacías el loco’, como le comentabas a tus amigos en la esquina, y salías rápido para que no te vieran cruzar la vieja puerta del hogar. El tiempo y tu juventud se acortaron más rápido de lo esperado. Sin estudios ni trabajo fijo, no te quedó más opción que continuar lo que habías hecho toda la vida: apoderarte de lo ajeno. Renovaste tus técnicas y el grupo que te acompañaba en el pasado no era el mismo, pero podías darte el lujo de trabajar por tu cuenta. La relación con los de verde se  volvía tensa cada vez más y te excitaba el hecho de poder ser capturado y encerrado. Quizás eso buscabas. Quizás eso buscas. Quizás por eso ahora estás frente a este banco y yo te observo sigilosamente esperando tu próximo movimiento. Víctor, el flaco Víctor. Así que si eras como todos te describían: flaco, con una cicatriz en medio rostro y un andar tambaleante. Tan frágil a simple vista. Hace un par de semanas llegué por aquí y todos en la comisaría te conocen y respetan. Pero, ¿qué de especial tiene un ladronzuelo como tú? Veamos de qué estás hecho.

Cargo el proyectil y me acerco cada vez más. Creo que has advertido mi presencia con el rabillo del ojo y te alistas para alejarte. No importa, ahora es el momento preciso y tomaré la iniciativa. Pero es en vano. La rapidez de tus decisiones ha hecho que te escurras de la calle y desaparezcas como siempre. Algún día Víctor, algún día…